Por ti la voz, Paul Auster

Por Daniel Mecca (@danielmecca)
“Ningún poema puede nacer de la convicción de que ya existe un lenguaje que une dos cosas distintas: aún debemos crear y descubrir el todavía-no del lenguaje: el anhelo de una utopía, de un sitio inexistente. Como si desde este punto del vacío por fin pudiéramos continuar y averiguar donde estamos”, escribe Paul Auster que fue, ante todo, un poeta.
Una definición, aquella, similar a la búsqueda de Borges en el ensayo El Idioma Analítico de John Wilkins: la búsqueda de un lenguaje total, la indagación de los futuros de la palabra. El lenguaje: planeta invisible.
Un día hay vida, escribe Paul Auster en la primera oración de La invención de la soledad. Así, tan simple y potente como tiene que ser un comienzo: Un día hay vida. Punto. He ahí su destreza poética.
Ese Auster que escribió versos como “He llegado tan lejos / por ti: la voz / cuyo eco resuena en mí / ya no es la mía”. O “Como estas piedras / que se deshacen contra la tierra. / Como el sonido de mi voz / en tu boca”.
Por ti la voz, Paul. Por ti. Por vos. Por tu boca.
Hay unos poemas suyos de Fragments from Cold que son hermosos. Cito uno para recordarlo. “Porque nos volvemos ciegos / en el día que expira con nosotros, / y porque hemos visto nuestro aliento / nublar / el espejo / del aire, / el ojo del aire no ha de abrirse / a nada salvo a la palabra / a la que renunciamos: el invierno / habrá sido un lugar / de madurez. / Nosotros, convertidos en los muertos / de otra vida que la nuestra”.
Más allá de esta hora -escribe Auster- el ojo te enseñará. El ojo aprenderá a anhelar.
Que así sea.